
El ictus y melancolía de Joaquín Sabina

“En los últimos años he tenido una tendencia muy acusada al silencio y a la soledad. Rara vez veo a nadie. Ando con libros todo el día y con papeles en blanco. Ahora quiero aprovechar mi tiempo de otro modo, más para adentro, más reflexivo.”
Joaquín Sabina
Documental 19 días y 500 Noches
Para comprender la melancolía de Joaquín Sabina hay que comprender las causas y remontarse a las secuelas que ocasionó el infarto cerebral que vivió el 23 de agosto del año 2001. La juventud de Joaquín tuvo un carácter desenfrenado e irreverente. Enrique Morente lo define: “En aquellos años salíamos muchísimo, bebíamos muchísimo. No había una presencia clara de que podíamos morir, de que nos íbamos a morir” (Documental 19 días y 500 Noches).
Además, Joaquín Sabina venía formando por su cuenta una vida nocturna de bares y cafés, de tertulias y discusiones con literatos y poetas, presentaciones, viajes y abuso del uso de cocaína, la cual, según él, lo mantenía despierto dos días seguidos, lo cual era maravilloso para escribir canciones. Durante el año 1999, la composición del disco 19 días y 500 noches le llevan a consumir grandes cantidades de whisky, café, cocaína y cigarrillos. A eso se le suman las amanecidas y la falta de un horario fijo. “Comía cuando sentía que se iba a desmayar” -dice Jimena coronado, su novia-. Este ritmo lo lleva al ictus cerebral. (Entrevista “Conversaciones Secretas” 25 de junio del 2011. Canal Plus. España.)
Según la entrevista que le hacen en la revista Interviú el 10 de Septiembre de 2001, la noche anterior al accidente cerebral, luego de haber estado conversando y bebiendo con algunos amigos, Joaquín se fue a dormir en un fuerte estado de ebriedad. La mañana llegó sin sobresaltos, sin embargo al intentar levantarse de su cama se percató de que la pierna derecha y el brazo derecho no le respondían. El posterior internamiento en una clínica local y su pronta recuperación, acarrearon una serie de prohibiciones que tuvo que acatar si quería mantenerse saludable. Por primera vez, en más de cuarenta años, su ritmo de vida se vio mermado y se vio obligado a abandonar por completo los excesos. Y no solo eso, el miedo a la muerte lo llevó a una depresión y a un aislamiento totalmente dispar con el estilo de vida que había mantenido. Perdió las ganas de componer y de seguir con su siguiente disco, empezó a tenerle miedo a los escenarios.
En esos momentos se apoderaron de su vida el miedo y la inseguridad. Una inseguridad que era muy rara, porque no era física. Sabina lo explica como el desarrollo de una especie de miedo histérico a ir a un sitio donde lo conozcan o donde tenga que recitar o cantar, y antes de ir terminaba vomitando y le temblaban las manos. A raíz de este problema, Joaquín canceló sus giras y empezó un tratamiento bajo supervisión médica. Por si fuese poco, cambió de amigos, cambió la cerradura de su puerta. Se podría decir que empezó a adecuarse a esa “infelicidad doméstica” de la que hablaba (o se quejaba) en cada una de sus entrevistas.
Joaquín defiende su posición de aislamiento de la siguiente manera: “Yo era tan vanidoso y tan fatuo que creía que eso nunca me iba a suceder. Yo creía que solo era una depresión, que era una cosa para otra gente, no para mí. Yo no quería morirme. No quería ver a nadie. No quería que me vieran. Pero yo estaba bien en mi rincón: escribiendo, pensando, leyendo sin salir” (Documental 19 días y 500 Noches)
Han pasado desde entonces muchas cosas y de todos los colores por la vida de Joaquín Sabina. Pero la más importante de la que ahora quiere dejar constancia es que “el año pasado, a raíz del ictus que sufrí, me arroparon mucho un grupo de gente, benditos sean, a los que toda la vida les estaré agradecido. ( Elisa García Grandes, Diario de Cádiz. 31/08/2003). Además, Su novia Jimena fue la que lo cuidó durante el tiempo que estuvo enfermo, siendo halagada constantemente por Sabina como su salvadora y resucitadora. A ella se le unen Antonio García de Diego y Pancho Varona, los músicos inseparables de Joaquín, quienes iban todos los días a su casa a tocar y a componer. Según cuentan ellos, lo hacían en voz alta para que la música llegue hasta el cuarto donde estaba Sabina, encerrado y melancólico.
El proceso de recuperación anímico fue lento pero provechoso, dos años después, Joaquín acepta que “dejar de pisar el acelerador” de su vida lo ha llevado al reencuentro con sus hijas y a darle otro rumbo a sus amistades y a sus reuniones. La vida familiar se recompuso de tal manera que hasta la fecha mantiene relación de amistad con su ex esposa, la madre de sus hijas, y sin lugar a dudas los tiempos de excesos y de escándalos han quedado atrás.
Mauricio Amaro Tizón Llerena
Lima, Perú
Este artículo forma parte de la tesina dedicada a Joaquín Sabina que escribe y nos envía Mauricio Amaro Tizón Llerena desde Lima, un resumen ajustado a las entrevistas y al buen conocimiento del flaco por parte de un ferviente seguidor. ¡Muchas gracias!





Publicado el 22-12-2011 |
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Leer y releer la vida de Sabina, me encanta, encuantro cierta fascinación en cada palabra, cada anégdota, qué afortunado él por la vida que ha tenido, que afortunada yo, por saber de su existencia!!!!