joaquin sabina De lujo en Madrid

joaquin sabina

La pregunta que morbosamente flotaba por entre las gradas del recinto no podía ser otra que “¿cantará hoy?”. No es que se desconfiara del ídolo, sino que Sabina es ya de por sí mucho Sabina, y en Madrid, el Sabina elevado a la enésima potencia. De momento, salió. Unos minutos más tarde de cuando estaba anunciado, pero el artista irrumpió en el escenario unos compases después de que sus compañeros de viaje -el guitarrista Antonio de Diego, el bajista Pancho Varona y el batería Pedro Barceló- comenzaran a tocar Amo el amor de los marineros. Detrás, en el ciclorama, un barquito iba -o venía- desde dos paisajes urbanos imposibles; de ésos con rascacielos que se doblan. Aparecía el artista ataviado con levita, bombín y bastón. En la mano, una maleta con etiquetas de los más lejanos países. Del brazo llevaba a Olga Román, ataviada en plan señora con glamour. Nada más irrumpir en el escenario el cantante de Úbeda, la emoción estalló en el recinto, estableciendo un nivel de emoción que se mantendría álgido a lo largo de todo el concierto, para explotar en una cascada de entusiasmo dos horas después, en los bises.

Para Joaquín Sabina, lo de calentar la garganta debe tener otro tipo de connotaciones más sensuales y menos técnico-vocales. Porque se lanzó a tumba abierta, y en las dos primeras canciones su garganta crujió como la madera de ese barco pintado detrás de él, y que él presentó como el que lo llevaba de viaje desde Roquetas de Mar, pasando por Barcelona, y con gatillazo incluido en Gijón, hasta llegar a la ciudad de Madrid que, en sus propias palabras, siempre es “el mejor puerto de España”.

Sabina y Madrid formaron una unión que se tensaba a los acordes de hermosas canciones, nuevas y viejas. Entre las recién llegadas, Pájaros de Portugal volvía a situar a Sabina en su papel de cronista, de compositor de canciones hechas con la materia de lo que le entra por los ojos y por los oídos. De entre las viejas, Calle Melancolía volvió a ser durante unos minutos lugar de paso, en el que se cruzaban el intérprete y su público.

Pese a la pereza de garganta inicial, el cantante se fue entonando y, con guitarra o sin ella, fue sacándole punta y partido a canciones como La rubia de la cuarta fila o Mes de abril, temas que sirvieron para que le diera la alternativa como intérpretes a su eterno compinche, Pancho Varona, y a la encantadora y extraordinaria vocalista Olga Román. Dos temas sirvieron para que el maestro descansara y se lanzara a tumba abierta entre un ramillete de canciones, de las cuales hay que destacar necesariamente la cálida interpretación de Joaquín y Olga del tema Magdalena. En forma de popurrí, Joaquín reunió de una sola ráfaga Soledad, Peor para el sol y Contigo, para escoger el camino que, a través del rock movido de Resumiendo, le llevaría a hacer parada final en Atocha. Este punto marcó el final del concierto en términos del amor sincero que Joaquín, sin lugar a dudas, profesa a esta ciudad y ella le devuelve. Sabina se retiraba en medio de aplausos y, haciendo la cuenta, había cantado más que bien 15 canciones. Era éste un buen balance que sin duda se vio mejorado con la interpretación, primero a cargo de Antonio García de Diego, del tema A la orilla de la chimenea. Acto seguido, Peces de ciudad y Princesa fueron las canciones escogidas para intentar marcharse. Pero al final no hubo modo: la gente siguió aplaudiendo y gritando el nombre de Joaquín, hasta que éste volvió al escenario para regalar a sus seguidores 19 días y 500 noches, Noches de boda e Y nos dieron las diez. Un final de concierto a la altura del ídolo, con Sabina haciendo estupendamente de Sabina y todo el mundo celebrando su regreso a la arena del directo. Hay que felicitarse, porque ese barquito que estuvo toda la actuación detrás de él pasó por Madrid para seguir su camino.

Foto: María Fernández Triguero

joaquin sabina Dos horas después

Alivio de Luto

La tarde consumió su luego fatuo
sin carne, sin pecado, sin quizás,
la noche se agavilla como un ave
a punto de emigrar.

Y el mundo es un hervor de caracolas
ayunas de pimienta, risa y sal,
y el sol es una lágrima en un ojo
que no sabe llorar.

Tu espalda es el ocaso de septiembre,
un mapa sin revés ni marcha atrás,
una gota de orujo acostumbrada
al desdén de la mar.

Y al cabo el calendario y sus ujieres
disecando el oficio de soñar
y la espuela en la tasca de la esquina
y el vicio de olvidar.

Por el renglón del corazón
cada mañana descarrila un tren.
Y al terminar vuelta a empezar
dos horas después de amancer.

Tiene la vida un lánguido argumento
que no se acaba nunca de aprender,
sabe a licor y a luna despeinada
que no quita la sed.

La noche ha consumido sus botellas
Dejándose un jirón en la pared.
Han pasado los días como hojas
de libros sin leer.

Crítica: Joaquín Sabina comparte la letra con José Caballero Bonald y Pancho Varona la música con Antonio García de Diego. Con un aire añejo de ’swing’ entremezclado con ‘reggae’ y un violín que suena zíngaro tocado por Diego Galaz. Pancho Varona se encarga de la guitarra española, Pedro Barceló de la batería, Olga Román de los coros y Antonio García de Diego de todo lo demás.
Título: Dos horas después
Año: 2005
Letra: Joaquín Sabina y José Caballero Bonald
Música: Antonio Garcia de Diego y Pancho Varona
Disco: Alivio de Luto (2005)


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